ambientes sombríos,
y mucho, mucho,
sabor amargo.
¿será porque la luna está más llena que nunca en mi vida?
No sé.
Pero cuando estos sueños son así de impactantes,
de extrema dureza,
me avisan, me previenen de lo inevitable.
Joder, inevitable, que no se puede parar por mucho que quiera,
aunque actúe e intente evitar...
de ahí la palabra.
Aunque varíe las fórmulas, igual, sigue la misma impresión subjetiva.
El mismo callejón sin salida,
atrapado, en otra pared,
y en la misma.
Y me creo que es el destino,
cuando es el devenir eterno,
una réplica de las vidas que han pasado y pasarán.
Guerra con espada aguda dónde no hay vencedor
y sólo vencidos.
Ni viento de agua ni leches,
brisa helada tal vez,
y el subconsciente que se revuelve y aflora por dónde puede.
Podrán pasar años y vuelta al mismo paseo,
aquel que daba a una calle soleada, frente a un puesto callejero,
dónde no encontraba,
no hallaba el éxito de mi misión.
Por más que insistía, aunque me esforzara.
Después, años más tarde encontraba la gloria,
conquistaba metas, me resarcía de los fracasos.
Y aunque ahora, el corazón está en una cuerda floja,
caminando sin luz, será otra vez así.
Se quedará una marca, una herida que se coserá lentamente,
y a veces costará mantenerla cerrada,
y aunque sangre,
tendré que curarla,
lamerla y chuparla.
Cualquier cosa hasta que se cicatrice,
pero ahi seguirá la depresión en la piel,
rompiendo la inocencia, la juventud, la perfección que fui.
Sé que con los años se borrará,
la piel nueva triunfará y limpiará
las hendiduras que me deja la realidad.
¿es la realidad? ¿o mi visión de la misma?
Hoy pensaba que me recordarán por lo que digo,
no por mi silencio.
Me he empezado a soltar con las palabras otra vez.
Te he enterrado y te he perdido para volver a encontrarte.
Ni dioses, ni ayuda, sólo necesito escribirme,
como si paso mucho tiempo justificándome,
desgastándolo. Pudriéndome.
Hasta qué punto podré elevarme con la energía que tengo,
no lo sé. Sólo conozco el punto en el que me encuentro,
y no sé si es alto o bajo, porque no tengo la razón absoluta
en relación a la altura y la medida.
Pero por lo que reconozco, estoy en un medio camino,
una intersección, un cruce de caminos, que como de costumbre,
no tengo ni idea a dónde me lleva.
De dónde vengo más o menos tengo certeza,
pero tampoco recuerdo muy bien cómo es el aire del lugar que me vió nacer.
Porque todo aquello que fui, está muy lejos,
y no hay posibilidad de recuperarlo.
Sólo los recuerdos, y alguna foto vieja,
descolorida por el tiempo,
antes de un viaje, me vislumbran un poco,
a qué huele la tierra que me trajo al mundo.
Ahora viene un vendaval de proyecciones inconclusas que no puedo entender,
que me desconciertan y me apagan.
Cobarde, me digo, por no darme el valor que quiero darme,
por no alcanzar aquello que tienes en la mano,
creyendo que es estéril.
Me planteo si realmente doy lo que recibo.
A veces al revés, si recibo lo que entrego.
Me hago un lío,
porque confundo las colinas con montañas,
y los días tristes, con jornadas alegres.
Chillo en busca de aquello que noto que me diferencia,
aunque a veces me veo igual que el mundo.
Pero imagino que pudiera ser único,
más que irrepetible.
¿será el frío? ¿ocurrirá que no lo aguanto?
¿que me retuerce y me mueve el culo en busca de calor?
Me pregunto porqué he visto en mis sueños el futuro,
y por qué nunca lo puedo cambiar,
ni hacer nada por esquivarlo.
Y mi respiración se escucha ahora a kilómetros de distancia,
haciendo resonar el viento, quizás algún oído y un corazón.
Escribo con el placer que proviene de la expresión del alma,
con el hambre de palabras que me pide la mente,
del actuar ante mi mismo que me exige el mundo,
del fuego que me produce el plasmar y decir algo a mi mismo.
A poder leerlo mañana para acordarme del estado que me encuentro,
y recordarlo como si fuera ese día.
Recopilando la experiencia subjetiva,
y aunque debería hacerlo siempre,
sólo lo hago cuando necesito ayuda para solucionar un problema,
o un dilema.
Y cuando sale un recuerdo en un escenario, frente a un foco,
actuando, a veces hablando y otras veces no,
casi desnudo, mostrando al público lo que soy,
y me aplaude, me admira y me aprueba,
es cuando me siento yo.
Escuchando ópera también me siento.
Las emociones rondan por mi interior como si estuviera allí.
Otra vez nos encontramos con la música,
la más bella de las artes, a la cual no puedo conquistar,
más que con constancia,
porque oído no tengo,
sólo el justo para amarla.
Aquellas notas con las que me he criado no me abandonan,
me siguen aunque yo no quiera,
dominan mi existencia,
domando el animal que llevo dentro.
Ese al que no se le pueden poner ni correas ni collares
porque es salvaje del todo,
que sólo la música lo templa.
Me gusta el sonido de la viola y el violín cantar,
en la pieza más triste de Mozart,
quizá la más tormentosa de la historia de la música.
Escuchar como convergen los sonidos
y hablan de cosas nunca escritas,
aunque a veces sea capaz de describir.
Me pongo en lo peor, porque es la mejor manera, pienso,
de afrontar estos choques de sentimientos y subjetividades.
Porque amar lo que soy es bien difícil,
soy tantas cosas y tan pocas...
¿que se te está ocurriendo ahora?
¿huir?
¿dar palos de ciego?
¿agarrar y correr?
¿7 días?
Los gatos. Cielo y Tierra. Me acompañan. Están junto a mi,
sabiendo que me pasa, que siento, ellos conocen siempre mi estado de ánimo.
Y me trasmiten su energía, me echan una pata siempre que pueden.
Yo los cuido, les doy de comer, les limpio la mierda, les pongo agua. Juego con el cordelito.
Me apoyan en todo, aunque esté equivocado,
no me critican, aceptan mis decisiones por muy descabelladas que sean.
Sólo quieren estar conmigo.
Me echan de menos cuando no estoy.
Lloran cuando se acuerdan de mi,
me buscan.
Y no porque les ponga de comer,
sino porque yo les enseñé a compartir,
a vivir, a querer, y ellos a mi.
Somos uno, hablamos el mismo idioma,
el del afecto, el de convivir como podamos.
Aunque, en teoría, ellos tengan menos tiempo que yo.
A pesar de que ellos no lo sepan y yo sí,
previsiblemente, reventarán antes que yo.
Los quiero, los amo, tanto como el hijo que no tuve.
Me sigue pesando el ... no lo quiero escribir...
quiero tener un hijo o una hija, me lo pide el cuerpo y el alma.
Quiero convertirme en padre.
Y aunque me cueste reconocerlo,
las mujeres sólo me lo han puesto difícil.
Unas veces, esperate, otras no es la correcta madre.
Y el que espera desespera.
Las que querían ya, eran nefastas madres,
y las que yo quería, no se deciden,
o no lo desean.
Joer, chico, no has tenido suerte.
Y aunque sé que la tengo no he tenido tanta.
Me gustaría tener un poco más.
Porque se me escapa la vida, el tiempo para tenerlo,
para concebirlo, a cada minuto que pasa,
siento que lo tendré más difícil.
Creo que no descansaré hasta ver realizado mi deseo.
Y creo que no escatimaré esfuerzos hasta conseguirlo,
porque cuando ella me dijo que no lo quería,
fué como si hubiera hecho la mejor función de mi vida, casi sin querer,
y que el patio no aplaudiera.
Agua que corre un minuto antes de que yo lo haga.